Delito de cristología tuneada para pancarta de Jasiel-Paris Álvarez.

 

En un artículo reciente publicado en The Objective, se sostiene que “Jesús es palestino”, convirtiendo esa afirmación en un eslogan político aplicado retroactivamente al conflicto actual. La idea se apoya en una mezcla de anacronismos, confusiones semánticas y apropiaciones ideológicas que desdibujan tanto la realidad histórica de Jesús como el significado original del término “Palestina”.

A lo largo de este texto reproduzco en negrita los pasajes originales del artículo analizado y, a continuación, incorporo mis comentarios y correcciones, con el objetivo de contrastar cada afirmación con los datos históricos disponibles y distinguir entre geografía, identidad e instrumentalización política.

«Hace 2025 años nació el Niño Jesús en un portal de Belén. A día de hoy, Belén es una ciudad situada en Cisjordania, uno de los dos territorios que —junto a la franja de Gaza— conforman el Estado de Palestina (reconocido por el 80% de países miembros de la ONU, España incluida).»

El reconocimiento de la ONU no crea derecho, historia ni jurisprudencia: la ONU no es un tribunal, sino una asamblea política cuyas resoluciones, en general, no son vinculantes. Las mayorías diplomáticas no sustituyen al derecho internacional efectivo, ni permiten proyectar categorías políticas del siglo XXI sobre un hecho ocurrido bajo dominio romano.

Por no mencionar que el 60% de ese “80% de países miembros de la ONU” está compuesto por dictaduras, autocracias y regímenes donde los derechos humanos son una leyenda urbana.

 

«No hay lugar a dudas: Jesús es, con el mapa actual en mano, un palestino de nacimiento.»

Igual que Abraham y Hammurabi serían iraquíes, Rut jordana y Ciro el Grande iraní. Nada más lejos de la realidad.

Es el mismo razonamiento brillante de ciertos egipcios modernos que se autoproclaman herederos directos de los faraones, borrando de un plumazo a los auténticos descendientes históricos de aquella población: los coptos.

Confundir fronteras modernas con identidades antiguas no es historia: es propaganda con Google Maps.

«Habrá quien diga que esto es un anacronismo, pero la misma afirmación habría sido válida hace más de dos mil años. «Palestina» es el nombre histórico tradicional de la región costera del Levante meridional, situada entre Siria y Egipto. Quien allí naciese sería, desde el punto de vista de la geografía clásica, un palestino.»

 El término “Palestino” deriva de los filisteos, que a su vez descienden de uno de los llamados Pueblos del Mar.

La primera mención a “peleset” 𓊪𓍢𓂋𓐠𓍘𓇋𓌙𓀀𓏺𓏻 (pw-rs-ty) la encontramos en el Templo de Medinet Habu (1150 a. e. c.), aunque no como región, sino como pueblo procedente del Egeo: los futuros filisteos, un pueblo extranjero tal y como se demuestra la cerámica y los cementerios hallados en Ashdod y Ashkelón, además de una Estela del siglo VII a. e. c. la cual menciona una deidad griega:

El templo que construyó Ikausu (Ajish), hijo de Padi, hijo de YSD, hijo de Ada, hijo de Yair, rey de Ecrón, para PTGYH, su señora. Ella le bendiga, le guarde, prolongue sus días y bendiga su tierra”.

El teónimo femenino PTGYH podría tratarse de un nombre indoeuropeo compuesto por los elementos PT, relacionado con la raíz POT / POS “señor”, y GYH, vinculado con el griego “tierra”. Cf. J. Pokorny, Indogermanisches Etymologisches Wörterbuch (Bern – München, 1959), vol. I, p. 842.

«Existe el error historiográfico de que aquella zona fue bautizada por los romanos como «Palestina» solamente a partir del año 135 después de Cristo, por lo que Jesús en ningún caso podría haber sido identificado como palestino. No es cierto. Ya se denominaba «Palestina» a aquella tierra en fuentes tan antiguas como Heródoto (el padre de la Historia) en el año 425 antes de Cristo,»

Heródoto de Halicarnaso, pese a su fama como “padre de la Historia”, es una fuente problemática. Como señala Manuel Balasch, incurre con frecuencia en errores genealógicos, credulidad ante relatos locales y fallos geográficos, fruto de un método basado en recoger testimonios de oídas.

En sus Historias, Heródoto menciona en varias ocasiones el término Παλαιστίνη (Palaistínē) -Libro I (Clío) 105 [pág. 127]; Libro II (Euterpe) 104 [pág. 242] y 106 [pág. 243]; Libro IV (Melpómene) 39 [pág 407]; Libro VII (Polimnia) 89 [pág. 693], según la edición de Manuel Balasch (Heródoto, Historias, Cátedra, Letras Universales). Si entráis en cada capítulo podréis ver el texto original en koiné y griego moderno.

El término significa literalmente «tierra de los filisteos». Sin embargo, como subraya Balasch, no es un concepto unívoco ni político: Heródoto lo emplea para designar una franja geográfica costera, nunca una entidad soberana.

En todas sus apariciones, la región es llamada «Palestina de Siria», es decir, un territorio integrado y subordinado al ámbito sirio, no un reino ni un Estado independiente.

Geográficamente, esta “Palestina” corresponde a la Pentápolis filistea y a la llanura litoral, una zona fácilmente transitable para los ejércitos, frente al interior montañoso -del Néguev a la actual Jenín- que ofrecía una resistencia natural mucho mayor. Por ello, Heródoto no describe incursiones por la histórica Judá/Judea, que en ese momento no era un reino independiente, sino una provincia persa denominada Yehud Medinata, es decir, la provincia de Judá.

El propio Heródoto confirma que las rutas militares evitaban esa región en el Libro III (Talía), al narrar la campaña de Cambises II contra Egipto (525 a. e. c.), indicando que la ruta iba desde Fenicia hasta Gaza, ciudad “de Siria”, cuyos habitantes “se llaman a sí mismos palestinos”. Se trata, de nuevo, de un pueblo costero integrado en Siria, no de una soberanía independiente.

Otro ejemplo histórico es la campaña militar de Senaquerib (701 a. e. c.). El Prisma de Senaquerib relata cómo arrasó 46 ciudades de Judá. Primero sitió ciudades filisteas (Jafa, Bene Brak, Azor, Ecrón) y después judaítas (Timná, Lajís, Jerusalén).

Además, en los tres prismas que Senaquerib mandó escribir y que hoy se encuentran en Chicago, Londres y Jerusalén, menciona no solo al rey judaíta Ezequías, también expresamente al Reino de Judá 𒅀𒌑𒁕𒀀𒀀 – Ia-ú-da-a = Yehudāya. En los textos asirios, la duplicación vocal 𒀀𒀀 (a-a) indica vocal larga ā. Esa forma, -āya, es un sufijo de gentilicio o etnónimo geográfico: algo así como el “-ense”, “-ita” o “de tal lugar”, en español. A veces precedido por el determinativo 𒆳 (KUR) = “país”.

 

«y aún antes entre los egipcios (más de mil años antes de Cristo).»

 No fue hasta la XVIII Dinastía (siglo XVI e. a. c.) que Egipto mostró interés por las tierras levantinas.

En el 22º año de su reinado, Ahmose I -Amosis I-, fundador de la XVIII Dinastía, expulsa a los Hicsos (XV Dinastía), y con ello nace el Imperio Nuevo. Amosis unifica el país y un orgullo nacional mueve al faraón a una severa venganza contra los aliados hicsos; semitas (asiáticos) y nubios. Comienza así una serie de campañas militares contra el norte que continúa hasta Ramsés III (XX Dinastía). A lo largo de casi tres siglos, Egipto mantiene un dominio muy disputado en el norte (actual Líbano), con el Imperio Hitita, hasta el colapso total de la región en el año 1177 a. e. c., como consecuencia de las destructivas invasiones de los Pueblos del Mar (Morá, 2018: 146-153), que en el lapso de tres décadas consiguen acabar con imperios como el hitita y desestabilizar fuertemente al egipcio.

Más de tres mil años después nos ha llegado documentación de aquella época en forma de inscripciones jeroglíficas y cuneiformes, en el caso de las correspondencias de Amarna, sobre el comercio entre Egipto y reinos locales, o súbditos, sobre victorias y derrotas, recetas culinarias, tratados de paz, correspondencia diplomática e incluso militar. Miles de documentos que nos ayudan a comprender, no solamente la sociedad egipcia, sino la conexión social y el comercio que existía en todo el Oriente Próximo, sin duda mucho más fluida entre vecinos que la que vivimos en la actualidad. Quizás la primera globalización que tengamos constancia. Y NINGUNA mención a una tierra llamada Palestina.

En ninguna de las casi dos mil inscripciones de la XVIII Dinastía egipcia (Sethe, 1906) aparece el término Palestina. El territorio comprendido entre el mar Mediterráneo y el río Jordán es designado en las fuentes egipcias con diversos topónimos, entre ellos Sṯṯ (𓋫𓏏𓈉), Djahy (𓍑𓉔𓈉) y Reṯenu (𓂋𓍿𓈖𓏌𓅫𓄡𓈉), nunca como una entidad llamada “Palestina”.

Sobre este último topónimo, Reṯenu (Rechenu), es partir de la XII Dinastía cuando comenzamos a tener documentación más fluida, concretamente en una óstraca que relata la Historia de Sinuhé del siglo XIX a. e. c., mencionándolo hasta en cinco ocasiones.

Estos tres topónimos aparecen también en otras fuentes egipcias:

  • Anales de Amenemhat II

 

  • La Estela de Sobek-Khu

  • La Estela de Kamose

 

  • La estela poética de Tutmosis III

  • La Estela de Gebel Barkal, entre otras.

 

Lo que sí encontramos es una mención a Israel en la Estela de Merenptah que data del año 1203 a. e. c., que relata las campañas militares del faraón Merenptah en la región de Canaán (kȝ-n-ˁ-n-ˁ)

En la imagen se menciona I-si-ri-ar como pueblo (𓀀𓀭), junto con el origen a través de su jeroglífico 𓌙 (T14) que representaba a los asiáticos rebeldes, y servía como determinativo en palabras como “crear”, “arrojar” o “enemigo”.

¿Y por qué ese «Isiriar»? En el egipcio medio no existía una distinción fonética clara entre /r/ y /l/. Ambos sonidos eran representados por el signo 𓂋, que fonéticamente corresponde a /r/, pero se usaba también para aproximar /l/ extranjeros. Ejemplo: Babel (Babilonia) 𓃀𓃀𓂋.

Es recién en época ptolemaica cuando el egipcio jeroglífico desarrolla el signo 𓃭 para la letra L, debido a la influencia del griego y la necesidad de transcribirlo con más precisión: Κλεοπάτρα (Cleopatra) 𓏘𓃭𓍯𓊪𓏏𓂋

 

«El término «Palestina» se encuentra en autores griegos (de Aristóteles a Pausanias) y romanos (de Plutarco a Dion Crisóstomo), incluyendo a los contemporáneos de Jesús (de Ovidio a Plinio el Viejo) e incluyendo a autores judíos de lengua griega (de Filón de Alejandría a Flavio Josefo): no olvidemos que el griego fue un idioma principal del primer cristianismo (en él está escrito la Biblia y seguramente lo habló Jesús, que, por tanto, perfectamente pudo identificarse como palestino).»

El término «Palestina» aparece efectivamente en numerosos autores griegos y romanos -desde Heródoto hasta Plinio el Viejo, pasando por Aristóteles, Plutarco o Dión Crisóstomo-  así como en autores judíos que escriben en griego, como Filón de Alejandría o Flavio Josefo. Sin embargo, su uso es estrictamente geográfico y literario, no político ni nacional.

En la tradición grecorromana, Palaistínē deriva de la tierra de los filisteos y se aplica de forma imprecisa a la franja costera del sur del Levante, a menudo integrada dentro de Siria (“Palestina de Siria”). El término coexiste con denominaciones mucho más precisas y operativas como Judea, Galilea o Samaria, que son las que designan realidades administrativas y políticas concretas, especialmente en época romana.

Este punto es crucial: en tiempos de Jesús no existía ninguna provincia, reino ni entidad política llamada “Palestina”. La entidad administrativa bajo dominio romano era Judea, dependiente de Siria, con capital en Jerusalén. El uso de Palestina por parte de autores clásicos no implica soberanía, identidad nacional ni continuidad política, del mismo modo que el empleo de términos como Asia o Libia en la Antigüedad no define Estados modernos.

No será hasta después de la revuelta de Bar Kojba (132–135 e. c.) cuando Roma rebautice oficialmente la provincia como Syria Palaestina, una decisión de carácter político y punitivo, destinada a diluir el vínculo histórico entre Judea y el pueblo judío. Proyectar este uso tardío hacia épocas anteriores constituye un anacronismo histórico, frecuente en discursos ideológicos, pero insostenible desde el punto de vista académico.

«Pero vivimos unos tiempos en que todo se politiza y polariza, empezando por la Historia

No: vivimos tiempos en los que cualquier iletrado recibe un altavoz y se dedica a soltar barbaridades sin aportar un solo dato, ajustando la historia a su agenda política, a menudo cargada de prejuicios medievales.

«De pronto, una afirmación que hace cien años no hubiese escandalizado a nadie —que Jesús es palestino— se convierte en un polémico eslogan partidista entre los actuales «pro-Palestina» y «pro-Israel». Unos querrían un Jesús guerrillero y freedom fighter, quizás árabe e incluso musulmán, y los otros querrían un precursor del sionismo de rubia melena y ojos azules (estilo anglo o asquenazí) que «vino a instaurar el Reino de Israel» en lucha contra sus enemigos. Los proisraelíes insisten en que hablar de un Jesús palestino es una forma de borrar la identidad judía de Jesús y el vínculo milenario de los judíos con su Tierra Prometida. De hecho, grupos de presión sionistas como el yanqui Combat Antisemitism Movement han empezado a listar la frase «Jesús es palestino» como un lema antisemita que puede ser un delito de odio.»

El problema no es discutir a Jesús, sino redefinirlo con categorías modernas. En el siglo I no existía una identidad “palestina”: Jesús fue judío de Judea, vivió y murió como judío y dentro del mundo judío.

Convertirlo hoy en “palestino” no aclara la historia, la reescribe para el presente. Y cuando para ganar un relato necesitas borrar la identidad judía, el problema no es histórico, es ideológico.

Más que “delito de odio” yo lo llamaría delito de cristología tuneada para pancarta.

«Pero es esta campaña contra el nombre histórico de «Palestina» lo que realmente está borrando una parte de la identidad judía. Antes de la proclamación del Estado de Israel en 1947, los judíos que vivían allí se consideraban a sí mismos palestinos, fuese bajo el Imperio otomano o bajo el Imperio británico. Hasta 1947, tanto judíos como musulmanes y cristianos eran todos palestinos. Los propios pioneros del movimiento sionista llamaban en un clásico cartel de propaganda de 1936 a «visitar Palestina» («Visit Palestine») y Golda Meir, que fue primera ministra de Israel, podía decir que «soy palestina, entre 1921 y 1948 tuve pasaporte palestino».»

Nadie “borra” el nombre Palestina: lo que se discute es confundir un término administrativo colonial con una identidad nacional moderna.

Antes de 1948, “palestino” designaba a los habitantes del Mandato Británico, no a un pueblo distinto del judío. Por eso había palestinos judíos, árabes y cristianos, y por eso los judíos usaban el término sin problema.

El sionismo no negaba la identidad judía, la afirmaba; lo que cambió en 1948 fue que los judíos recuperaron su nombre histórico como pueblo soberano: Israel.

Citar carteles turísticos o pasaportes del Mandato —como el de Golda Meir— no prueba una identidad palestina judía, sino exactamente lo contrario: que “palestino” no era una identidad nacional excluyente, como se intenta imponer hoy retrospectivamente.

 

«El verdadero borrado es también el que se ha hecho con los palestinos de religión cristiana, que fueron desplazados, pasando de ser casi un 10% en Israel a ser menos del 2%. En el imaginario occidental no existen tales cristianos palestinos, la comunidad de Belén donde nació Jesús, solo existen los israelíes judíos, por un lado, y los palestinos musulmanes, por otro. Hace unos días la Casa Blanca organizó un viaje a Israel para un millar de cristianos sionistas evangélicos que vieron lugares santos del judaísmo (incluyendo asentamientos en tierras palestinas), pero «olvidaron» visitar Belén, Nazaret o la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.»

 Hablar de un supuesto “borrado” de los cristianos palestinos culpando a Israel es una simplificación interesada.

El descenso demográfico cristiano en Oriente Próximo es generalizado y se explica sobre todo por emigración, presión islamista e inestabilidad, no por una política israelí.

De hecho, los cristianos dentro de Israel han crecido en número, educación y nivel de vida; el gran desplome se da en Belén y Gaza, bajo control palestino, un dato que suele omitirse.

Que grupos evangélicos visiten Israel y no prioricen Belén no implica negación alguna: para ellos, sin discusión, Jesús nació en Belén, pero no sacraliza los lugares. El mensaje importa más que la geografía. Eso no es borrado: es teología evangélica básica.

Instrumentalizar a los cristianos palestinos para señalar a Israel, mientras se ignoran las causas reales de su éxodo, no es defensa de minorías: es propaganda selectiva.

«Quien no se olvida de los palestinos es el propio Jesús. Quizás porque, en su paso por este mundo, vivió en tierra palestina algo parecido a lo que vivirían los árabes palestinos más de 20 siglos después: una familia desplazada»

Según Lucas (2:1-5), el viaje se debió a un censo ordenado por el emperador romano César Augusto. José, como supuesto descendiente de la casa de David, debía registrarse en Belén, su ciudad ancestral, y María lo acompañó estando embarazada.

Es decir, se trató de un desplazamiento interno dentro del Imperio Romano (de Galilea a Judea), motivado por una obligación administrativa y legal, no por huida de persecución, guerra o amenaza inminente.

 

 

«(si quisieran pasar hoy de Nazaret a Belén, María y José tendrían que cruzar siete controles militares),»

 Jesús no podría haber nacido hoy  en Belén porque la entrada en territorio A y B de Cisjordania a judíos (José y María lo fueron), está prohibida, básicamente porque nos matan. Prueba a ponerte una kipá y me cuentas la experiencia, si es que sobrevives.

 

«una ocupación (entonces romana, hoy israelí),»

 Es tal la demagogia o la ignorancia de esta frase que no sé ni por dónde empezar.

Roma era una potencia imperial extranjera que conquistó Judea por la fuerza en el 63 a. e. c., destruyó Jerusalén, arrasó el Templo, reprimió revueltas con masacres y deportaciones y, tras el año 70 y especialmente el 135, expulsó a gran parte de la población judía. Eso es una ocupación colonial clásica, sin matices.

El Estado de Israel, en cambio, no es un imperio externo: es el Estado nacional del pueblo judío en su tierra histórica, reconocido internacionalmente, surgido tras el Mandato Británico y una guerra iniciada por sus vecinos. No llegó con legiones desde Italia ni gobernó como provincia extractiva de una metrópoli lejana.

Llamar “ocupación” a la soberanía judía es negar el vínculo histórico, jurídico y demográfico judío con la tierra, y además vaciar de sentido el propio concepto de ocupación.

Si todo control político que no gusta es “ocupación”, entonces ningún Estado sería legítimo, empezando por la mayoría de los actuales.

 

«la falta de techo para nacer y vivir (entonces en un pesebre, hoy en campamentos o entre cascotes), o la perspectiva de huir del infanticidio de los Herodes y Netanyahus (la Sagrada Familia a Egipto, los palestinos de hoy a medio mundo como refugiados).»

 Equiparar a Herodes, un rey cliente impuesto por Roma, con Netanyahu, líder electo de un Estado democrático, es una falsificación histórica.

El supuesto “infanticidio de Herodes” no está documentado históricamente fuera del Evangelio de Mateo y no puede usarse como hecho ni como analogía política sin mala fe.

El pesebre es un símbolo teológico, no una alegoría de ocupación, y reutilizarlo para acusar a los judíos actuales reactiva el viejo libelo del judío asesino de niños, ayer Herodes, hoy Israel.

Por último, la huida de la Sagrada Familia ocurre dentro del Imperio romano; el problema de los refugiados palestinos surge tras el rechazo árabe a la partición de 1947 y la posterior guerra. Mezclar ambos casos borra deliberadamente causas y responsabilidades.

Pero, ¿qué esperar de Jasiel, que en su día justificó públicamente escupir a judíos españoles en un programa con un 13,3 % de cuota de pantalla (7/2025)?

 

Deja salir a mi pueblo, Men-jeper-ra

בס״ד

Existen muchas teorías sobre la datación de la salida del Pueblo de Israel de Egipto, y yo voy a presentar la mía basándome no solo en el texto bíblico, es decir, en el Tanaj, sino también en los extrabíblicos, la gramática egipcia y hebrea.

La Torá nunca menciona el nombre de los faraones, pese a que fueron varios reyes de Egipto los que, según el relato bíblico, mantuvieron contacto con alguno de los líderes de nuestro pueblo. Esto puede deberse a una mala traducción del texto bíblico ya que el término que la Torá emplea para Faraón es Par’ó פַּרְעֹה, que suena prácticamente igual que la palabra egipcia 𓉐 𓉻 prˁȝ (per-’a), que comenzó a emplearse en la XVIII Dinastía, y cuyo significado es Casa (per) Grande, o Palacio. Actualmente, cuando se emite una declaración del gobierno de los Estados Unidos solemos oír la expresión “la Casa Blanca no tiene comentarios”, en lugar del nombre del presidente de turno, o para el gobierno de España “la Moncloa informa”, o “el Kremlin discute” …, etc., por lo que el texto bíblico podría referirse a “la oficina del gobierno de Egipto”, y no al título del Rey de Kemet.

Según el Libro de Reyes, en el año cuatrocientos ochenta después de la salida de los hijos de Israel de Egipto, al cuarto año del reinado de Shlomó sobre Israel, en el mes de Ziv, que es el segundo, que él comenzó a construir la Casa del Eterno, es decir, en el año 967 a. e. c., un dato aproximado que coinciden escritos extrabíblicos de autores asirios y egipcios.

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Escalada de violencia 20-08-11

La Brigada Izz Din al Qassam, el ala militar de Hamás, anunció que rompió la tregua que mantenía con Israel dos años después de su declaración. El vocero del grupo terrorista palestino, Abu Obeida, declaró que «no existe más calma con Israel, en vista de la constante masacre que está cometiendo contra el pueblo palestino sin justificación alguna«, pese a que en las últimas horas más de 30 misiles han sido disparados contra las localidades de Ashkelón, Beer Tubia, Kiriat Gat, Ashdod y Beersheva, donde ocasionaron heridos de gravedad (seis ayer y tres hoy en Ashdod (estos tres ultimos trabajadores palestinos), y ocho esta mañana por primera vez en Beersheva, que fueron hospitalizados.

También fueron lanzados tres cohetes que explotaron en el área del Consejo Regional Shaar Haneguev donde uno de ellos impactó sobre un edificio de un Kibutz de la zona provocando daños materiales. Un hombre fue atendido en estadoo de Shock.

Al rededor de 1.000.000 de israelíes están bajo el fuego de misiles, cohetes o morteros que son lanzados desde la Franja de Gaza.
Entre otras cosas;

Egipto retiró a su embajador en Israel por la muerte de dos de sus soldados durante las horas de confusión del triple atentado cerca de Eilat, al parecer abatidos por el ejército israelí. Pese a esto, Egipto no muestra descontento contra Hamás por el atentado suicida del jueves entre la frontera egipcia y palestina donde murieron varios soldados egipcios.

– El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no emitió una condena sobre el atentado del pasado jueves en el sur de Israel, que costó la vida a ocho israelíes, puesto que Líbano, miembro temporal de este órgano, se opuso dado que la condena figuraba como «ataques terroristas«.

Para que este órgano pueda emitir dichas condenas es necesario que los quince miembros voten a favor. Con esta negativa es fácil suponer que quien mueve los hilos en el gobierno libanés es sin duda el grupo Chií Hezbolá, subvencionado y armado por Irán a través de su frontera con Siria, país que tampoco oculta su entusiasmo por la decisión libanesa.

-Según parece, el Embajador egipcio en la Autoridad Palestina dice que están muy cerca de conseguir un acuerdo con Israel y Hamás para el cese de las hostilidades.

-Sobre la media tarde de hoy 40 fueron los misiles lanzados contra territorio israelí. Por su parte el Tzahal sigue con sus operaciones en la Franja de Gaza para neutralizar el lanzamiento de más misiles. Por el momento según fuentes palestinas habría unos 20 palestinos muertos.

-La Liga Árabe se reunirá mañana de urgencia para hablar sobre la escalada de violencia ejercida por Israel contra Gaza a la que tachan de «Crímentes contra la Humanidad«. Ni una sola palabra de condena conta el atentado que se cobró la vida de 8 israelíes ni sobre los continuos lanzamientos a lo largo de todo el día de hoy.

Israel aumentó sus efectivos militares en su frontera con la Franja de Gaza.

Cuatro misiles fueron disparados, a última hora de la tarde, desde la Franja de Gaza e impactaron en la ciudad de Beersheva causando destrozos en una vivienda y heridas a tres israelíes de 20 años, 9 años y un bebé de 4 meses que fueron llevados al Hospital Soroka de la misma ciudad.
Un cuarto hombre que se encontraba en su vehículo también fue herido de gravedad y murió poco después en el hospital.
La situación en todo el sur de Israel es de máxima alerta. Se insta a todo ciudadano del sur de Israel, en especial de Beersheva, a quedarse en sus casas y no salir a la calle.

El Ministro de Seguridad interna aseguró en la televisión que la respuesta israelí será «muy dolorosa«.

Hasta aquí toda la información del sábado día 20 de agosto.
דוד יאבו
David D. Yabo