Delito de cristología tuneada para pancarta de Jasiel-Paris Álvarez.

 

En un artículo reciente publicado en The Objective, se sostiene que “Jesús es palestino”, convirtiendo esa afirmación en un eslogan político aplicado retroactivamente al conflicto actual. La idea se apoya en una mezcla de anacronismos, confusiones semánticas y apropiaciones ideológicas que desdibujan tanto la realidad histórica de Jesús como el significado original del término “Palestina”.

A lo largo de este texto reproduzco en negrita los pasajes originales del artículo analizado y, a continuación, incorporo mis comentarios y correcciones, con el objetivo de contrastar cada afirmación con los datos históricos disponibles y distinguir entre geografía, identidad e instrumentalización política.

«Hace 2025 años nació el Niño Jesús en un portal de Belén. A día de hoy, Belén es una ciudad situada en Cisjordania, uno de los dos territorios que —junto a la franja de Gaza— conforman el Estado de Palestina (reconocido por el 80% de países miembros de la ONU, España incluida).»

El reconocimiento de la ONU no crea derecho, historia ni jurisprudencia: la ONU no es un tribunal, sino una asamblea política cuyas resoluciones, en general, no son vinculantes. Las mayorías diplomáticas no sustituyen al derecho internacional efectivo, ni permiten proyectar categorías políticas del siglo XXI sobre un hecho ocurrido bajo dominio romano.

Por no mencionar que el 60% de ese “80% de países miembros de la ONU” está compuesto por dictaduras, autocracias y regímenes donde los derechos humanos son una leyenda urbana.

 

«No hay lugar a dudas: Jesús es, con el mapa actual en mano, un palestino de nacimiento.»

Igual que Abraham y Hammurabi serían iraquíes, Rut jordana y Ciro el Grande iraní. Nada más lejos de la realidad.

Es el mismo razonamiento brillante de ciertos egipcios modernos que se autoproclaman herederos directos de los faraones, borrando de un plumazo a los auténticos descendientes históricos de aquella población: los coptos.

Confundir fronteras modernas con identidades antiguas no es historia: es propaganda con Google Maps.

«Habrá quien diga que esto es un anacronismo, pero la misma afirmación habría sido válida hace más de dos mil años. «Palestina» es el nombre histórico tradicional de la región costera del Levante meridional, situada entre Siria y Egipto. Quien allí naciese sería, desde el punto de vista de la geografía clásica, un palestino.»

 El término “Palestino” deriva de los filisteos, que a su vez descienden de uno de los llamados Pueblos del Mar.

La primera mención a “peleset” 𓊪𓍢𓂋𓐠𓍘𓇋𓌙𓀀𓏺𓏻 (pw-rs-ty) la encontramos en el Templo de Medinet Habu (1150 a. e. c.), aunque no como región, sino como pueblo procedente del Egeo: los futuros filisteos, un pueblo extranjero tal y como se demuestra la cerámica y los cementerios hallados en Ashdod y Ashkelón, además de una Estela del siglo VII a. e. c. la cual menciona una deidad griega:

El templo que construyó Ikausu (Ajish), hijo de Padi, hijo de YSD, hijo de Ada, hijo de Yair, rey de Ecrón, para PTGYH, su señora. Ella le bendiga, le guarde, prolongue sus días y bendiga su tierra”.

El teónimo femenino PTGYH podría tratarse de un nombre indoeuropeo compuesto por los elementos PT, relacionado con la raíz POT / POS “señor”, y GYH, vinculado con el griego “tierra”. Cf. J. Pokorny, Indogermanisches Etymologisches Wörterbuch (Bern – München, 1959), vol. I, p. 842.

«Existe el error historiográfico de que aquella zona fue bautizada por los romanos como «Palestina» solamente a partir del año 135 después de Cristo, por lo que Jesús en ningún caso podría haber sido identificado como palestino. No es cierto. Ya se denominaba «Palestina» a aquella tierra en fuentes tan antiguas como Heródoto (el padre de la Historia) en el año 425 antes de Cristo,»

Heródoto de Halicarnaso, pese a su fama como “padre de la Historia”, es una fuente problemática. Como señala Manuel Balasch, incurre con frecuencia en errores genealógicos, credulidad ante relatos locales y fallos geográficos, fruto de un método basado en recoger testimonios de oídas.

En sus Historias, Heródoto menciona en varias ocasiones el término Παλαιστίνη (Palaistínē) -Libro I (Clío) 105 [pág. 127]; Libro II (Euterpe) 104 [pág. 242] y 106 [pág. 243]; Libro IV (Melpómene) 39 [pág 407]; Libro VII (Polimnia) 89 [pág. 693], según la edición de Manuel Balasch (Heródoto, Historias, Cátedra, Letras Universales). Si entráis en cada capítulo podréis ver el texto original en koiné y griego moderno.

El término significa literalmente «tierra de los filisteos». Sin embargo, como subraya Balasch, no es un concepto unívoco ni político: Heródoto lo emplea para designar una franja geográfica costera, nunca una entidad soberana.

En todas sus apariciones, la región es llamada «Palestina de Siria», es decir, un territorio integrado y subordinado al ámbito sirio, no un reino ni un Estado independiente.

Geográficamente, esta “Palestina” corresponde a la Pentápolis filistea y a la llanura litoral, una zona fácilmente transitable para los ejércitos, frente al interior montañoso -del Néguev a la actual Jenín- que ofrecía una resistencia natural mucho mayor. Por ello, Heródoto no describe incursiones por la histórica Judá/Judea, que en ese momento no era un reino independiente, sino una provincia persa denominada Yehud Medinata, es decir, la provincia de Judá.

El propio Heródoto confirma que las rutas militares evitaban esa región en el Libro III (Talía), al narrar la campaña de Cambises II contra Egipto (525 a. e. c.), indicando que la ruta iba desde Fenicia hasta Gaza, ciudad “de Siria”, cuyos habitantes “se llaman a sí mismos palestinos”. Se trata, de nuevo, de un pueblo costero integrado en Siria, no de una soberanía independiente.

Otro ejemplo histórico es la campaña militar de Senaquerib (701 a. e. c.). El Prisma de Senaquerib relata cómo arrasó 46 ciudades de Judá. Primero sitió ciudades filisteas (Jafa, Bene Brak, Azor, Ecrón) y después judaítas (Timná, Lajís, Jerusalén).

Además, en los tres prismas que Senaquerib mandó escribir y que hoy se encuentran en Chicago, Londres y Jerusalén, menciona no solo al rey judaíta Ezequías, también expresamente al Reino de Judá 𒅀𒌑𒁕𒀀𒀀 – Ia-ú-da-a = Yehudāya. En los textos asirios, la duplicación vocal 𒀀𒀀 (a-a) indica vocal larga ā. Esa forma, -āya, es un sufijo de gentilicio o etnónimo geográfico: algo así como el “-ense”, “-ita” o “de tal lugar”, en español. A veces precedido por el determinativo 𒆳 (KUR) = “país”.

 

«y aún antes entre los egipcios (más de mil años antes de Cristo).»

 No fue hasta la XVIII Dinastía (siglo XVI e. a. c.) que Egipto mostró interés por las tierras levantinas.

En el 22º año de su reinado, Ahmose I -Amosis I-, fundador de la XVIII Dinastía, expulsa a los Hicsos (XV Dinastía), y con ello nace el Imperio Nuevo. Amosis unifica el país y un orgullo nacional mueve al faraón a una severa venganza contra los aliados hicsos; semitas (asiáticos) y nubios. Comienza así una serie de campañas militares contra el norte que continúa hasta Ramsés III (XX Dinastía). A lo largo de casi tres siglos, Egipto mantiene un dominio muy disputado en el norte (actual Líbano), con el Imperio Hitita, hasta el colapso total de la región en el año 1177 a. e. c., como consecuencia de las destructivas invasiones de los Pueblos del Mar (Morá, 2018: 146-153), que en el lapso de tres décadas consiguen acabar con imperios como el hitita y desestabilizar fuertemente al egipcio.

Más de tres mil años después nos ha llegado documentación de aquella época en forma de inscripciones jeroglíficas y cuneiformes, en el caso de las correspondencias de Amarna, sobre el comercio entre Egipto y reinos locales, o súbditos, sobre victorias y derrotas, recetas culinarias, tratados de paz, correspondencia diplomática e incluso militar. Miles de documentos que nos ayudan a comprender, no solamente la sociedad egipcia, sino la conexión social y el comercio que existía en todo el Oriente Próximo, sin duda mucho más fluida entre vecinos que la que vivimos en la actualidad. Quizás la primera globalización que tengamos constancia. Y NINGUNA mención a una tierra llamada Palestina.

En ninguna de las casi dos mil inscripciones de la XVIII Dinastía egipcia (Sethe, 1906) aparece el término Palestina. El territorio comprendido entre el mar Mediterráneo y el río Jordán es designado en las fuentes egipcias con diversos topónimos, entre ellos Sṯṯ (𓋫𓏏𓈉), Djahy (𓍑𓉔𓈉) y Reṯenu (𓂋𓍿𓈖𓏌𓅫𓄡𓈉), nunca como una entidad llamada “Palestina”.

Sobre este último topónimo, Reṯenu (Rechenu), es partir de la XII Dinastía cuando comenzamos a tener documentación más fluida, concretamente en una óstraca que relata la Historia de Sinuhé del siglo XIX a. e. c., mencionándolo hasta en cinco ocasiones.

Estos tres topónimos aparecen también en otras fuentes egipcias:

  • Anales de Amenemhat II

 

  • La Estela de Sobek-Khu

  • La Estela de Kamose

 

  • La estela poética de Tutmosis III

  • La Estela de Gebel Barkal, entre otras.

 

Lo que sí encontramos es una mención a Israel en la Estela de Merenptah que data del año 1203 a. e. c., que relata las campañas militares del faraón Merenptah en la región de Canaán (kȝ-n-ˁ-n-ˁ)

En la imagen se menciona I-si-ri-ar como pueblo (𓀀𓀭), junto con el origen a través de su jeroglífico 𓌙 (T14) que representaba a los asiáticos rebeldes, y servía como determinativo en palabras como “crear”, “arrojar” o “enemigo”.

¿Y por qué ese «Isiriar»? En el egipcio medio no existía una distinción fonética clara entre /r/ y /l/. Ambos sonidos eran representados por el signo 𓂋, que fonéticamente corresponde a /r/, pero se usaba también para aproximar /l/ extranjeros. Ejemplo: Babel (Babilonia) 𓃀𓃀𓂋.

Es recién en época ptolemaica cuando el egipcio jeroglífico desarrolla el signo 𓃭 para la letra L, debido a la influencia del griego y la necesidad de transcribirlo con más precisión: Κλεοπάτρα (Cleopatra) 𓏘𓃭𓍯𓊪𓏏𓂋

 

«El término «Palestina» se encuentra en autores griegos (de Aristóteles a Pausanias) y romanos (de Plutarco a Dion Crisóstomo), incluyendo a los contemporáneos de Jesús (de Ovidio a Plinio el Viejo) e incluyendo a autores judíos de lengua griega (de Filón de Alejandría a Flavio Josefo): no olvidemos que el griego fue un idioma principal del primer cristianismo (en él está escrito la Biblia y seguramente lo habló Jesús, que, por tanto, perfectamente pudo identificarse como palestino).»

El término «Palestina» aparece efectivamente en numerosos autores griegos y romanos -desde Heródoto hasta Plinio el Viejo, pasando por Aristóteles, Plutarco o Dión Crisóstomo-  así como en autores judíos que escriben en griego, como Filón de Alejandría o Flavio Josefo. Sin embargo, su uso es estrictamente geográfico y literario, no político ni nacional.

En la tradición grecorromana, Palaistínē deriva de la tierra de los filisteos y se aplica de forma imprecisa a la franja costera del sur del Levante, a menudo integrada dentro de Siria (“Palestina de Siria”). El término coexiste con denominaciones mucho más precisas y operativas como Judea, Galilea o Samaria, que son las que designan realidades administrativas y políticas concretas, especialmente en época romana.

Este punto es crucial: en tiempos de Jesús no existía ninguna provincia, reino ni entidad política llamada “Palestina”. La entidad administrativa bajo dominio romano era Judea, dependiente de Siria, con capital en Jerusalén. El uso de Palestina por parte de autores clásicos no implica soberanía, identidad nacional ni continuidad política, del mismo modo que el empleo de términos como Asia o Libia en la Antigüedad no define Estados modernos.

No será hasta después de la revuelta de Bar Kojba (132–135 e. c.) cuando Roma rebautice oficialmente la provincia como Syria Palaestina, una decisión de carácter político y punitivo, destinada a diluir el vínculo histórico entre Judea y el pueblo judío. Proyectar este uso tardío hacia épocas anteriores constituye un anacronismo histórico, frecuente en discursos ideológicos, pero insostenible desde el punto de vista académico.

«Pero vivimos unos tiempos en que todo se politiza y polariza, empezando por la Historia

No: vivimos tiempos en los que cualquier iletrado recibe un altavoz y se dedica a soltar barbaridades sin aportar un solo dato, ajustando la historia a su agenda política, a menudo cargada de prejuicios medievales.

«De pronto, una afirmación que hace cien años no hubiese escandalizado a nadie —que Jesús es palestino— se convierte en un polémico eslogan partidista entre los actuales «pro-Palestina» y «pro-Israel». Unos querrían un Jesús guerrillero y freedom fighter, quizás árabe e incluso musulmán, y los otros querrían un precursor del sionismo de rubia melena y ojos azules (estilo anglo o asquenazí) que «vino a instaurar el Reino de Israel» en lucha contra sus enemigos. Los proisraelíes insisten en que hablar de un Jesús palestino es una forma de borrar la identidad judía de Jesús y el vínculo milenario de los judíos con su Tierra Prometida. De hecho, grupos de presión sionistas como el yanqui Combat Antisemitism Movement han empezado a listar la frase «Jesús es palestino» como un lema antisemita que puede ser un delito de odio.»

El problema no es discutir a Jesús, sino redefinirlo con categorías modernas. En el siglo I no existía una identidad “palestina”: Jesús fue judío de Judea, vivió y murió como judío y dentro del mundo judío.

Convertirlo hoy en “palestino” no aclara la historia, la reescribe para el presente. Y cuando para ganar un relato necesitas borrar la identidad judía, el problema no es histórico, es ideológico.

Más que “delito de odio” yo lo llamaría delito de cristología tuneada para pancarta.

«Pero es esta campaña contra el nombre histórico de «Palestina» lo que realmente está borrando una parte de la identidad judía. Antes de la proclamación del Estado de Israel en 1947, los judíos que vivían allí se consideraban a sí mismos palestinos, fuese bajo el Imperio otomano o bajo el Imperio británico. Hasta 1947, tanto judíos como musulmanes y cristianos eran todos palestinos. Los propios pioneros del movimiento sionista llamaban en un clásico cartel de propaganda de 1936 a «visitar Palestina» («Visit Palestine») y Golda Meir, que fue primera ministra de Israel, podía decir que «soy palestina, entre 1921 y 1948 tuve pasaporte palestino».»

Nadie “borra” el nombre Palestina: lo que se discute es confundir un término administrativo colonial con una identidad nacional moderna.

Antes de 1948, “palestino” designaba a los habitantes del Mandato Británico, no a un pueblo distinto del judío. Por eso había palestinos judíos, árabes y cristianos, y por eso los judíos usaban el término sin problema.

El sionismo no negaba la identidad judía, la afirmaba; lo que cambió en 1948 fue que los judíos recuperaron su nombre histórico como pueblo soberano: Israel.

Citar carteles turísticos o pasaportes del Mandato —como el de Golda Meir— no prueba una identidad palestina judía, sino exactamente lo contrario: que “palestino” no era una identidad nacional excluyente, como se intenta imponer hoy retrospectivamente.

 

«El verdadero borrado es también el que se ha hecho con los palestinos de religión cristiana, que fueron desplazados, pasando de ser casi un 10% en Israel a ser menos del 2%. En el imaginario occidental no existen tales cristianos palestinos, la comunidad de Belén donde nació Jesús, solo existen los israelíes judíos, por un lado, y los palestinos musulmanes, por otro. Hace unos días la Casa Blanca organizó un viaje a Israel para un millar de cristianos sionistas evangélicos que vieron lugares santos del judaísmo (incluyendo asentamientos en tierras palestinas), pero «olvidaron» visitar Belén, Nazaret o la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.»

 Hablar de un supuesto “borrado” de los cristianos palestinos culpando a Israel es una simplificación interesada.

El descenso demográfico cristiano en Oriente Próximo es generalizado y se explica sobre todo por emigración, presión islamista e inestabilidad, no por una política israelí.

De hecho, los cristianos dentro de Israel han crecido en número, educación y nivel de vida; el gran desplome se da en Belén y Gaza, bajo control palestino, un dato que suele omitirse.

Que grupos evangélicos visiten Israel y no prioricen Belén no implica negación alguna: para ellos, sin discusión, Jesús nació en Belén, pero no sacraliza los lugares. El mensaje importa más que la geografía. Eso no es borrado: es teología evangélica básica.

Instrumentalizar a los cristianos palestinos para señalar a Israel, mientras se ignoran las causas reales de su éxodo, no es defensa de minorías: es propaganda selectiva.

«Quien no se olvida de los palestinos es el propio Jesús. Quizás porque, en su paso por este mundo, vivió en tierra palestina algo parecido a lo que vivirían los árabes palestinos más de 20 siglos después: una familia desplazada»

Según Lucas (2:1-5), el viaje se debió a un censo ordenado por el emperador romano César Augusto. José, como supuesto descendiente de la casa de David, debía registrarse en Belén, su ciudad ancestral, y María lo acompañó estando embarazada.

Es decir, se trató de un desplazamiento interno dentro del Imperio Romano (de Galilea a Judea), motivado por una obligación administrativa y legal, no por huida de persecución, guerra o amenaza inminente.

 

 

«(si quisieran pasar hoy de Nazaret a Belén, María y José tendrían que cruzar siete controles militares),»

 Jesús no podría haber nacido hoy  en Belén porque la entrada en territorio A y B de Cisjordania a judíos (José y María lo fueron), está prohibida, básicamente porque nos matan. Prueba a ponerte una kipá y me cuentas la experiencia, si es que sobrevives.

 

«una ocupación (entonces romana, hoy israelí),»

 Es tal la demagogia o la ignorancia de esta frase que no sé ni por dónde empezar.

Roma era una potencia imperial extranjera que conquistó Judea por la fuerza en el 63 a. e. c., destruyó Jerusalén, arrasó el Templo, reprimió revueltas con masacres y deportaciones y, tras el año 70 y especialmente el 135, expulsó a gran parte de la población judía. Eso es una ocupación colonial clásica, sin matices.

El Estado de Israel, en cambio, no es un imperio externo: es el Estado nacional del pueblo judío en su tierra histórica, reconocido internacionalmente, surgido tras el Mandato Británico y una guerra iniciada por sus vecinos. No llegó con legiones desde Italia ni gobernó como provincia extractiva de una metrópoli lejana.

Llamar “ocupación” a la soberanía judía es negar el vínculo histórico, jurídico y demográfico judío con la tierra, y además vaciar de sentido el propio concepto de ocupación.

Si todo control político que no gusta es “ocupación”, entonces ningún Estado sería legítimo, empezando por la mayoría de los actuales.

 

«la falta de techo para nacer y vivir (entonces en un pesebre, hoy en campamentos o entre cascotes), o la perspectiva de huir del infanticidio de los Herodes y Netanyahus (la Sagrada Familia a Egipto, los palestinos de hoy a medio mundo como refugiados).»

 Equiparar a Herodes, un rey cliente impuesto por Roma, con Netanyahu, líder electo de un Estado democrático, es una falsificación histórica.

El supuesto “infanticidio de Herodes” no está documentado históricamente fuera del Evangelio de Mateo y no puede usarse como hecho ni como analogía política sin mala fe.

El pesebre es un símbolo teológico, no una alegoría de ocupación, y reutilizarlo para acusar a los judíos actuales reactiva el viejo libelo del judío asesino de niños, ayer Herodes, hoy Israel.

Por último, la huida de la Sagrada Familia ocurre dentro del Imperio romano; el problema de los refugiados palestinos surge tras el rechazo árabe a la partición de 1947 y la posterior guerra. Mezclar ambos casos borra deliberadamente causas y responsabilidades.

Pero, ¿qué esperar de Jasiel, que en su día justificó públicamente escupir a judíos españoles en un programa con un 13,3 % de cuota de pantalla (7/2025)?

 

Seis meses después… así empezó todo

Las primeras 24 horas

Rumbo a cumplir un sueño tras 22 años de espera, recibo en mi móvil una notificación por SMS:


“Tu vuelo LY392 de Barcelona a Tel Aviv del 29.12, previsto para las 22:50, despegará el 30.12 a la 1:30.”


Ma laasot —¿qué le vamos a hacer?— pienso. Si he podido aguantar dos décadas para ser ciudadano jerosolimitano, puedo esperar unas horas más. Todo es para bien, me repito.

Llego al aeropuerto, solo, con cinco maletas, una de mano, una mochila y un cuadro. Nos informan que, por el retraso, la facturación comenzará dos horas y media más tarde. Segundo ma laasot de la noche… y no iba a ser el último. Solo estábamos comenzando.
Nos entregan un baucher para la cena, pero no hay nada kosher en todo el aeropuerto. Mi cena se reduce a patatas Lays y agua.

Para mi sorpresa, me ofrecen adelantar mi vuelo retrasado: tomar el de las 18:30 —también con retraso— que tiene asientos libres. Despega hacia las 23:30. Acepto encantado, sin sospechar lo que me esperaba al aterrizar.

Durante la facturación me apremian a pasar el control de seguridad porque las puertas ya están abiertas. Corro, pero mi cuadro no cabe en los escáneres, así que tengo que salir y volver a entrar por otro punto. Con la chaqueta en una mano, la maleta en la otra, la mochila al hombro y el cuadro arrastrando, me indican un nuevo acceso.

Y ahí empieza el embrollo: en la mochila llevo reproducciones de piezas arqueológicas. El personal de seguridad sospecha que estoy expoliando patrimonio nacional. Les muestro un libro con una imagen del Calendario de Guezer, una de las piezas, para probar que es una copia. Les enseño los correos de la empresa que lo reprodujo… nada. Llaman al “experto”. Su parsimonia se podía medir en años luz. Apareció al cabo de un buen rato, me miró como si le molestara que yo existiera y, tras un vistazo perezoso, me dejó marchar.

Corro de nuevo a la puerta de embarque. Faltaban tres pasajeros. Subo. Respiro. Pido dos vasos de agua y doy gracias a Di-s.

El vuelo es tranquilo, aunque no consigo dormir. Estoy a punto de aterrizar en mi nueva casa, en el barrio de Arnona, a tan solo tres cuartos de hora caminando del centro espiritual del mundo: Har HaBait, el Monte del Templo.

Al aterrizar, estallan los aplausos típicos de los pasajeros israelíes. Salgo rápido. Me espera Elana, una conocida de mi futura compañera de piso, que amablemente se ofreció a llevarme a Jerusalén en su furgoneta: imposible subir al tren con tanta maleta.
Mi querido amigo Ariel Kanievsky no pudo venir porque ese mismo Shabat falleció su padre, Miguel ben Paulina z”l. Que su alma sea elevada.

Y entonces, otra vez ma laasot: mis maletas no han llegado. Toda mi ropa y libros —cuatro maletas llenas de libros— estaban perdidos entre Barcelona y Tel Aviv. Era la tercera vez que me pasaba ese año. Hice la reclamación. Me dijeron que llegarían “mañana”.
—Señorita —le dije—, estamos en el lugar idóneo para creer en milagros, pero hasta que lleguen, no tengo ropa. No cae del cielo como el mán (maná), ¿qué solución me dan?
Me ofrecen 200 dólares… en Israel, eso apenas cubre una camiseta y unos pantalones.

Llego a casa tras una hora de viaje. Me espera Marisol, mi compañera de piso: una judía argentina que lleva casi dos décadas en Israel y que pronto se convertiría en mi ángel de la guarda. Me acompaño en todos los trámites, al punto de pedirse un día libre para acompañarme al banco y a la compañía de telefonía.

La burocracia israelí es una coreografía de absurdos: el banco no te abre una cuenta sin un móvil israelí, pero la compañía no te da una línea si no tienes una cuenta en el banco. Bienvenidos a la Start Up Nation, también conocida como la Silicon Valley del Oriente Medio.

Mi primer día en Jerusalén se resume en discutir con un banco donde aún no tengo dinero, intentar comunicarme con una telefónica que no puede llamarme, y comprar ropa para sobrevivir los próximos días. La visita al Kotel, bien entrada la noche, no faltó. Saber que ahora puedo acudir no como turista sino como vecino es un regalo que no se puede describir.

El día siguiente, último del calendario gregoriano, lo dediqué a más trámites y a seguir esperando mis maletas. Sabía que no llegarían aún, pero uno nunca deja de esperar.
Ese día me convertí oficialmente en ciudadano de Jerusalén, capital espiritual del pueblo judío y capital física del Estado restablecido de Israel.

Cuatro mil años de historia que ahora incluyen también el nombre de David Díaz Yabo.


Y por eso digo que la esperanza no se pierde jamás.

בְּשׁוּב ה׳ אֶת שִׁיבַת צִיּוֹן – Cuando trajo el Eterno a los que volvieron a Sión

בס״ד

La octava línea del famoso Decreto de Ciro (539 a. e. c.) marca un hito importantísimo en la historia del pueblo judío. Cita así: 

𒀀𒂍𒋗𒍪 𒅖𒆪 𒌑 𒊩𒆷𒈬 𒊭 𒉌𒋛𒋗𒍪 𒀀𒍝𒁁

Bītātišunu aškun u šalmu ša nišīšunu aṣbat

Liberé a los pueblos oprimidos y devolví a sus hogares a los exiliados 
que habían sido deportados

Pero antes, un poco de contexto:

Con la muerte de Josías rey de Judá (609 a. e. c.) a manos de los egipcios, la plena soberanía judía se desvaneció. Sin embargo, Egipto no gozaría mucho de su conquista puesto que cuatro años después, Nabucodonosor II rey de Babilonia los derrotó en la batalla de Carquemis, de modo que Judá pasó a manos babilónicas. 

Tras un primer sitio y posterior conquista de Jerusalén (597), Nabucodonosor II deportó a Babilonia al rey Joaquín junto a los nobles y ciudadanos de la élite judaíta, mientras que los campesinos y el resto quedaron en Judá. Nabucodonosor decidió poner como rey de Judá a Sedecías, tío de Joaquín, que terminó por rebelarse contra Babilonia en el año 594. El resultado fue dramático: en el año 587 Nabucodonosor II arrasó Judá durante dieciocho largos meses y volvió a poner sitio sobre Jerusalén. 

En Las Crónicas Mesopotámicas de los primeros años de Nabucodonosor II, las cuales registran la batalla de Carquemis (605 a.e.c) y la captura de Jerusalén (597 a. e. c), podemos leer sobre estos acontecimientos:

𒌨𒄿𒅖𒄑𒇷 𒀀𒄑𒇷𒉡𒀀𒄑𒇷

u ṣītišu ana ḫarāši IAHUDU

Y sitió la ciudad de Judá (Jerusalén)

𒄑𒉡𒄷𒅆𒀀𒇲𒋢𒉌𒁹

u ina 2. ūmi šanāti Adaru, ālū bītātišunu u ḫaršu šarru

Y en el segundo día del mes de Adar, tomó la ciudad y capturó al rey

Jerusalén cayó tras meses de asedio en el año 586 y fue arrasada hasta sus cimientos bajo incontables pilas de cadáveres, la mayoría muertos por inanición. Sedecías fue apresado y antes de que le arrancaran los ojos, contempló cómo mataban a todos sus hijos. Acto seguido fue enviado como esclavo a Babilonia donde murió encadenado.

El sitio de Jerusalén está considerado como un episodio apocalíptico debido a su dureza. El hambre y la desesperación en la ciudad quedaron reflejados en el Libro de las Lamentaciones 4:10:

יְדֵי, נָשִׁים רַחֲמָנִיּוֹת בִּשְּׁלוּ, יַלְדֵיהֶן; הָיוּ לְבָרוֹת לָמוֹ, בְּשֶׁבֶר בַּת עַמִּי

Las manos de las mujeres hasta ayer, plenas de compasión, han cocido a sus propios hijos.
Éstos fueron su alimento durante la destrucción de la hija de mi pueblo.

A diferencia del resto de pueblos que fueron diluyendo su identidad, el pueblo judío mantuvo la esperanza de regresar. Quizás, la frase que mejor refleje este anhelo la encontramos en el Salmo 137:1

עַל נַהֲרוֹת בָּבֶל שָׁם יָשַׁבְנוּ גַּם בָּכִינוּ בְּזָכְרֵנוּ אֶת צִיּוֹן

Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos
y también llorábamos
recordando a Sión

Tras setenta años de exilio judío, Babilonia cayó en manos del Imperio Persa y Ciro I el Grande, el único personaje bíblico no judío ungido por Di-s, decretó el regreso de los judíos a Judá, ahora provincia persa de Yahud de la región de Eber Nari (al otro lado del río), además de a otros pueblos sometidos por los babilónicos tal y como se cita en su mencionado decreto, además de en los libros de Esdras 1:1-4 y 2 Crónicas 36:22-23:

𒀀𒂍𒋗𒍪 𒅖𒆪 𒌑 𒊩𒆷𒈬 𒊭 𒉌𒋛𒋗𒍪 𒀀𒍝𒁁

Bītātišunu aškun u šalmu ša nišīšunu aṣbat

Liberé a los pueblos oprimidos y devolví a sus hogares a los exiliados 
que habían sido deportados

Desde entonces, retornar a Sión -Sión como sinónimo de Jerusalén-, ha estado siempre latente en el corazón de cada judío que, por circunstancias de la vida, ha permanecido fuera de la Tierra de Israel.

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Mientras leéis estas líneas pongo rumbo a Sión para asentarme de nuevo en la Tierra de Israel, pero esta vez en Jerusalén. Siento un profundo orgullo de ser parte de la milenaria historia de nuestra capital física (Estado de Israel) y espiritual (judaísmo), elementos indivisibles como lo es Jerusalén. 

Parafraseando uno de los libros más inspiradores y aprovechando esta época, Jánuca: Ni hemos ocupado tierra extranjera ni nos hemos apoderado de bienes ajenos, sino de la herencia de nuestros antepasados, que ha estado algún tiempo en poder enemigo injustamente. (I Macabeos 15,35).

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No cocinarás el cabrito, en la leche de su madre

בס״ד

Seguramente no encontraremos en toda la Torá (Pentateuco) un versículo más extraño y a simple vista tan ilógico, y que tantos quebraderos de cabeza ha dado y continúa dando día de hoy que el de “No cocinarás cabrito, en la leche de su madre”.

Vivir conforme a los preceptos de la alimentación kosher no se limita a que no podamos comer cerdo o marisco, sino que entraña alguna que otra particularidad. La shejitá (sacrificio) también es muy importante, ya que existen cinco situaciones que pueden volver taref (no apto para el consumo judío), a un animal kosher. La carne kosher puede dejar de serlo si ésta fue cocinada en un recipiente que fue utilizado anteriormente para el consumo de carne no kosher, de igual modo si se cocinó algo lácteo, aun si fuese kosher, ya que otro de los preceptos más distintivos del kashrut es la prohibición de juntar carne con lácteo, y es precisamente del origen histórico de este precepto que trata este artículo.

¿Es posible que durante tres mil años hayamos podido mal interpretar ese “No cocinarás el cabrito en la leche de su madre”? Y de ser así, ¿qué consecuencias podría acarrear?

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Antes de hacerlo, una pequeña advertencia: si eres shomer kashrut y no aceptas el carácter histórico de las prácticas y tradiciones judías, te recomiendo no leer este artículo.

Deja salir a mi pueblo, Men-jeper-ra

בס״ד

Existen muchas teorías sobre la datación de la salida del Pueblo de Israel de Egipto, y yo voy a presentar la mía basándome no solo en el texto bíblico, es decir, en el Tanaj, sino también en los extrabíblicos, la gramática egipcia y hebrea.

La Torá nunca menciona el nombre de los faraones, pese a que fueron varios reyes de Egipto los que, según el relato bíblico, mantuvieron contacto con alguno de los líderes de nuestro pueblo. Esto puede deberse a una mala traducción del texto bíblico ya que el término que la Torá emplea para Faraón es Par’ó פַּרְעֹה, que suena prácticamente igual que la palabra egipcia 𓉐 𓉻 prˁȝ (per-’a), que comenzó a emplearse en la XVIII Dinastía, y cuyo significado es Casa (per) Grande, o Palacio. Actualmente, cuando se emite una declaración del gobierno de los Estados Unidos solemos oír la expresión “la Casa Blanca no tiene comentarios”, en lugar del nombre del presidente de turno, o para el gobierno de España “la Moncloa informa”, o “el Kremlin discute” …, etc., por lo que el texto bíblico podría referirse a “la oficina del gobierno de Egipto”, y no al título del Rey de Kemet.

Según el Libro de Reyes, en el año cuatrocientos ochenta después de la salida de los hijos de Israel de Egipto, al cuarto año del reinado de Shlomó sobre Israel, en el mes de Ziv, que es el segundo, que él comenzó a construir la Casa del Eterno, es decir, en el año 967 a. e. c., un dato aproximado que coinciden escritos extrabíblicos de autores asirios y egipcios.

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Torat Hagmul, la teoría de la retribución

בס״ד

El Libro de Iyov (Job) comienza describiendo una tierra imaginaria, Utz[1], es decir Oz, y la vida de ensueño del protagonista[2], Iyov. Es fácil sentirse identificado desde el primer momento ya que, desde la infancia, el modelo de vida social y normativo que recibimos de nuestros padres se resume en formar una gran familia y prosperar en la vida. Sin embargo, un pequeño gran grupo tuvo que proyectar su existencia en base a esa tierra imaginaria y mágica donde los sueños que te atreves a soñar se hacen realidad[3], huir del sentimiento de culpa y la soledad. Somewhere over the rainbow… Aquella tierra lejana y mágica acabó por convertirse en el refugio para los amigos de Dorothy[4], ajeno al sufrimiento en el que transcurrían sus vidas por ser diferentes.

וַיִּוָּלְדוּ לוֹ שִׁבְעָה בָנִים, וְשָׁלוֹשׁ בָּנוֹת

Y naciéronle siete hijos y tres hijas

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La composición del Talmud

בס״ד

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El Talmud se ha desarrollado durante 18 siglos en lugares muy dispersos: La Tierra de Israel (siglo II), Babilonia (III-VI), Túnez (X y XI), Francia (Rashi XI), Francia y Alemania (XII-XIII), Italia (XVI y XVII) y Polonia (XVII y XIX) Pero lo más fascinante es su composición:

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Conquistas egipcias e invasores del Egeo – Orígenes de un conflicto moderno

בס״ד

Existe una corriente política que hace del anacronismo su estandarte. Dicha corriente afirma, sin aportar pruebas, que Palestina existió mucho antes de que el Pueblo de Israel comenzase a forjar su identidad espiritual en la región que comprende entre el mar Mediterráneo y el río Jordán.

El objetivo de este trabajo es aportar pruebas arqueológicas y relatos egipcios que demuestran, sin lugar a duda, el origen real de un pueblo no semita -filisteos- al que la narrativa palestina recurre para justificar una inexistente patria milenaria. Para ello he accedido a registros de la XVIII Dinastía, responsable de la expansión territorial jamás conocida de la historia egipcia, que abarcaba desde el Nilo hasta el Éufrates. El Imperio Nuevo se destacó por sus numerosas campañas militares que sirvieron para saciar el corazón en las tierras extranjeras  (Urk. IV 9, Babón: 2003, 45), un corazón que aún clamaba venganza contra los aliados de los Hicsos, un pueblo asiático que ocupó el trono de Egipto durante más de un siglo.

Desde que Amenofis I comenzó a saciar su corazón, trescientos años de campañas entre el mediterráneo y el Jordán y ni un solo registro histórico de la basta documentación egipcia que mencione una región con el nombre de Palestina.

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Heródoto y la región de Palaistine

בס״ד

Los detractores al Estado del pueblo judío argumentan, sin haber leído al autor griego, que Palestina ya existía en tiempos de Heródoto (siglo V a. e. c.), con el fin de justificar una narrativa palestina, muy cogida por los pelos, de la existencia de una entidad independiente «desde Jordán hasta el Mediterráneo» en tiempos antiguos. Nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, Heródoto, pese a  ser considerado tradicionalmente como el ‘padre de la Historia’ en el mundo occidental es un personaje cuestionable y cuestionado en múltiples ocasiones. Un ejemplo nos lo ofrece Manuel Balasch -de quien hago mi fuente para escribir parte de este artículo-, explicando la confusión de Heródoto con el linaje de los lacedonios, su creencia en leyendas que da por verídicas o errores geográficos flagrantes. Algo comprensible si se alimentaba de recopilar historias de lugareños.

Heródoto de Halicarnaso (actual ciudad de Bodrum, en la costa mediterránea turca) llegó a escribir nueve libros en los que narraba sus viajes por Asia, África y Europa dando así forma a su gran obra Historias, centrándose en las rivalidades entre persas y griegos, y algún que otro cotilleo y líos de faldas. Y sí, en sus viajes el escritor griego hace mención a palaistine (Παλαιστίνῃ = Tierra de los Filisteos). Como ya explica Manuel Balasch en su edición de Heródoto Historias (Cátedra, Letras Universales), el término Palestina en Heródoto no es unívoco, pues a veces significa el ámbito geográfico y otras aproximadamente el territorio que conforman el actual Estado de Israel. Hasta en seis ocasiones menciona dicha región

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Majatzit HaShekel

בס»ד

Desde hace tres mil años por estas fechas llevamos a la práctica una donación muy especial; el Majatzit HaShekel. Consistía en una ofrenda anual que se realizaba al Templo de Jerusalén para su mantenimiento, y que servía además para censar al pueblo.

Nos dice la Torá;

הֶעָשִׁיר לֹא יַרְבֶּה, וְהַדַּל לֹא יַמְעִיט

Será igual para el rico y para el pobre

Shmot / Éxodo 30, 15

La Torá es muy clara; tanto ricos como pobres deberán de donar exactamente la misma cantidad: medio shekel. Lo que ya no está tan claro es cuánto donar a día de hoy. Y aquí viene lo más interesante y es que el judaísmo no es algo estático, sino que evoluciona y se adapta, por lo que cada comunidad a lo largo de los siglos ha establecido sus propias normas, también para establecer esta ofrenda a día de hoy.

  • La costumbre más extendida es donar el valor actual de 9,6 gramos de plata, que era el peso aproximado del medio shekel de la época: unos 6,23€ (2023). Hay también quienes aseguran que el peso era de 8,5 gramos, y otros lo suben a 10 gramos.

  • Existe otra costumbre de dar tres “medias monedas” del país donde uno vive, en la época en la que vive. Por ejemplo aquí en España daríamos tres monedas de 50 céntimos ¿Que por qué tres monedas? La parashá, sección semanal de la Torá, donde nos habla del Majatzit HaShekel escribe la palabra Trumá, donación, en tres ocasiones.

  • Según el Gaón de Vilna solo hace falta una “media” moneda.

  • Según otra opinión, la moneda debe tener acuñada la palabra “medio” o “mitad”.

  • Y según otra opinión, no hace falta este detalle.

  • La costumbre que estableció Rav Shlomo Zalman Oyerbajen Estados Unidos fue la de donar tres monedas de plata de medio dólar;  muy importante: si tenéis en vuestra posesión el medio Dólar de Kennedy aseguraos que sea la acuñada en 1964, ya que las series siguientes contiene menos plata.  Sin embargo, según enseña el RavKanievsky en su libro Derej Emuná, esta costumbre solo puede ser aplicada dentro de EEUU, ya que es en dicho país donde tiene valor.

  • Por otra parte, el Rav Elisahiv argumentaba que se ha de darlas tres monedas de medio dólar de plata, y luego dar tres medias monedas del lugar donde uno vive.

Y existen más interpretaciones.

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Ahora bien, la segunda gran pregunta es Cuándo darlo

Unos dicen antes de Minjá, otros después de Minjá e incluso quienes defienden que sea antes de la lectura de la Meguilat. Aunque también hay quienes dicen que puede darse en la mañana de Purim.

¿Y quién la ofrece? Según la Torá personas mayores de 20 años. Pero nuestros jajamim de bendita memoria nos dicen que los mayores de 13 años. Otros más jajamim si cabe nos dicen que también las mujeres y niños. E incluso por el feto de una mujer embarazada (Mishná Berurá).

Según ciertas opiniones esta donación va al mantenimiento de la sinagoga, otros opinan que en la diáspora se ha de mandar a los sabios de Israel e incluso para el Kerem Kayemet leIsrael, el Fondo Nacional Judío.

Lo único en lo que todos coinciden es en que al entregar la donación se ha de decir:

Zejer Lemajatzit HaShekel

Réplica de un Majatzit haShekel del siglo I, en el primer año de la Gran Rebelión judía contra Roma. Inscripción «Jerusalén santificada»

Utilizad la costumbre de vuestra comunidad, o la que os apetezca. Lo más importante es continuar con la tradición.